Entre la causa y el caos: fanatismo, sensacionalismo y la trampa del activismo performativo
En un mundo interconectado y atravesado por redes sociales, los grandes conflictos internacionales ya no se viven solo en sus lugares de origen. Se trasladan, se amplifican y se reinterpretan en las calles, universidades y plataformas digitales de todo el planeta. Las protestas en apoyo a Palestina son un claro ejemplo de esta globalización del dolor y la solidaridad. Sin embargo, lo que comienza como una manifestación legítima de empatía y conciencia, muchas veces deriva en fanatismo, sensacionalismo y, en algunos casos, una disrupción innecesaria de la vida cotidiana. En este escenario, cabe preguntarse: ¿cuándo el activismo deja de construir y empieza a estorbar?
Es importante dejar claro que el apoyo a una causa justa no se pone en duda. Lo que se cuestiona aquí no es la intención, sino la forma. En varias ciudades del mundo —incluyendo capitales latinoamericanas— se han registrado bloqueos de vías clave, interrupciones de servicios públicos, toma de espacios universitarios y enfrentamientos con autoridades, todo en nombre de la protesta. Pero estas acciones, que buscan visibilizar un conflicto lejano, muchas veces invisibilizan las realidades inmediatas de quienes simplemente intentan llegar a su trabajo, a un hospital o a la escuela de sus hijos. El activismo se convierte entonces en una carga para el ciudadano común, sin ofrecer soluciones reales al conflicto que supuestamente denuncia.
Además, el sensacionalismo mediático ha exacerbado estas expresiones. En lugar de promover el análisis profundo, se premia la imagen impactante: pancartas incendiarias, gritos, choques con la policía. Las redes sociales, por su parte, convierten cada protesta en un espectáculo visual más que en un espacio de diálogo. Se viraliza la indignación, pero se pierde la perspectiva. El conflicto se simplifica en etiquetas, memes y eslóganes vacíos, mientras las complejidades geopolíticas quedan relegadas a un segundo plano. Así, se termina defendiendo una causa sin entenderla del todo.
El fanatismo, por su parte, convierte la empatía en dogma. En nombre de una causa, se justifica el acoso a quienes opinan diferente, se cancela a académicos, se sabotean clases y se excluye del espacio público a quienes no se alinean con el discurso dominante. Este tipo de comportamiento no solo reproduce las mismas lógicas de violencia que dice combatir, sino que también socava los principios del debate democrático y plural. La universidad, la calle, el transporte público deben ser espacios de encuentro, no de imposición.
En América Latina, donde los derechos civiles y el acceso a servicios básicos ya están profundamente condicionados por desigualdades estructurales, el activismo sin límites puede terminar afectando a los más vulnerables. Cuando se bloquea una vía principal durante horas, no son los responsables del conflicto en Medio Oriente quienes sufren las consecuencias, sino el pequeño comerciante, el paciente que pierde una cita médica, o la madre que no puede recoger a sus hijos. La lucha simbólica se convierte en una trampa performativa que olvida lo concreto.
Esto no significa que debamos callar frente a las injusticias internacionales. Al contrario: la solidaridad es un valor que nos conecta como humanidad. Pero esa solidaridad debe ser inteligente, informada y responsable. Protestar con impacto no requiere destruir ni perturbar sin rumbo. Hay formas de generar conciencia sin caer en el espectáculo. La movilización puede —y debe— abrir espacios de educación, reflexión y propuesta, no solo de confrontación.
En conclusión, el fanatismo y el sensacionalismo disfrazados de activismo representan una amenaza para la vida cívica y el sentido mismo de la protesta. Defender una causa no significa pisotear otra realidad. Si realmente se quiere transformar el mundo, el primer paso es no olvidar que también se habita en él. La verdadera revolución empieza por la capacidad de construir sin destruir, de levantar la voz sin apagar las demás, y de actuar con conciencia tanto del mundo que duele como del que nos rodea.