n geopolítica, pocas estrategias son tan efectivas —y tan subestimadas— como la de actuar sin actuar. La capacidad de influir en el comportamiento de un adversario sin recurrir a una intervención directa constituye una de las herramientas más sutiles del poder internacional. Desde esta perspectiva, la política de la administración Trump hacia el gobierno autoritario de Nicolás Maduro ofrece un ejemplo revelador de cómo la presión, la ambigüedad calculada y la creación de escenarios pueden moldear dinámicas internas en un Estado sin una invasión abierta o un enfrentamiento militar.

Durante el periodo de Donald Trump, la relación con Venezuela estuvo marcada por una agresividad retórica que contrastaba con la ausencia de acciones militares directas. En lugar de intervenir, la administración optó por maximizar la incertidumbre sobre sus verdaderas intenciones. Esta ambigüedad generó un clima de permanente alerta dentro del círculo de poder de Maduro. La amenaza latente —nunca confirmada, nunca descartada— obligó al gobierno venezolano a adoptar posiciones defensivas costosas, tanto en términos políticos como económicos, sin que Estados Unidos moviera una ficha material en el tablero.

Uno de los elementos centrales de esta estrategia fue la proyección de voluntad. Trump comprendía que, en política internacional, la percepción de disposición a actuar puede ser tan poderosa como la acción en sí misma. Cada declaración, cada insinuación, cada guiño hacia una posible intervención contribuía a desestabilizar la confianza interna del régimen venezolano. Cuando un gobierno autoritario depende de la cohesión de sus élites, sembrar dudas sobre su futuro inmediato puede ser más devastador que cualquier sanción.

A esto se sumaron las sanciones económicas, que, aunque contundentes, operaban como un mecanismo de acción indirecta. Las sanciones no buscaban derrocar al gobierno por sí solas, sino provocar tensiones internas, incentivar deserciones y acelerar la erosión del tejido institucional. La eficacia del método radicó en su capacidad de convertir cada decisión cotidiana del gobierno venezolano en una reacción: era Maduro quien tenía que adaptarse, no Washington. Desde el punto de vista estratégico, esto significaba que la administración Trump mantenía la iniciativa sin alterar sustancialmente su propia estructura de poder.

Otro factor relevante fue el reconocimiento de Juan Guaidó como presidente interino en 2019. Aunque en términos concretos ese reconocimiento no cambió el control territorial del país, sí modificó el marco de legitimidad internacional. Estados Unidos generó un vacío simbólico que no derribó de inmediato al gobierno de Maduro, pero sí lo obligó a reorganizar su aparato diplomático, reforzar alianzas con actores externos como Rusia e Irán, y operar bajo un nivel constante de deslegitimación. Nuevamente, la estrategia funcionó como una acción que obligaba al adversario a gastar energía simplemente para mantenerse en pie.

La clave geopolítica detrás de estas tácticas reside en provocar desgaste sin intervención. En teoría de juegos, este enfoque se asemeja a un movimiento que aumenta el costo del statu quo para el adversario. Trump entendió que en el caso venezolano el tiempo, combinado con presión psicológica y económica, podía ser más efectivo que una operación militar, cuyos resultados serían inciertos y potencialmente contraproducentes. El mensaje era claro: “Podríamos actuar, pero no necesitamos hacerlo”. Y esa posibilidad latente se convirtió en parte central del conflicto.

Desde el punto de vista internacional, esta estrategia tuvo efectos secundarios importantes. Fortaleció la percepción de que Estados Unidos seguía siendo un actor capaz de influir incluso sin intervención directa, mientras obligaba a otros países de la región a posicionarse. Asimismo, mantuvo el tema venezolano en la agenda global sin comprometer recursos militares significativos. Es una forma de poder que se ejerce con palabras, sanciones y gestos, más que con tropas: hacer todo sin hacer nada.

La paradoja es que, aunque la estrategia no logró un cambio de régimen, sí alteró profundamente el comportamiento del gobierno venezolano y rediseñó su mapa de alianzas. En geopolítica, desestabilizar no implica destruir: implica cambiar las condiciones bajo las cuales el otro opera. Y en ese sentido, la administración Trump logró un impacto considerable a través de una política que combinó amenazas latentes, presión económica y manipulación del entorno diplomático.